sábado, 28 de janeiro de 2017

La quiso...


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LA QUISO
La quiso, como al centellear vivo,
como a un cometa ardiente.
Ella, era su coraje en la sombra,
su cómplice de vivir con una sonrisa,
y el gesto altanero y valiente.
Le gustaba la flor nocturna de un cactus,
el olor a albahaca y azahar,
los ramos de flores silvestres,
el olor a romero y canela,
las infusiones de hierbas
y los pajaritos de tres colores.
La quiso, con el sentir del aire,
con el aroma de los amantes libres,
como a la saeta cupida.
Con el calor, de una lava desatada,
por tres furiosos volcanes.
A ella, le gustaba amanecer,
con el alba adolescente.
Abrazarse a su silencio,
sonreirle con una mirada.
El sabor de sus tres besos
al acostarse, en sus pechos blancos.
La quiso como a la Belleza.
La amó con el dolor de un Requiem.
Con el ardor, de tres primeros amores sumados.
Como al perfume de una Glicinia en flor
con sus racimos de flores morados.
Eran las tres gotas de pintura, de un lienzo en blanco.
La rosa roja de terciopelo,
el rumor del agua en un riachuelo calmo.
El brillar impintable de una Puesta de Sol,
la leyenda feliz e infantil de los Tres Reyes Magos.
La quiso como la utopía real de un poema,
con el éxtaxis místico de La Flauta Mágica.
Bebía por ella del mismo hechizo y en el mismo vaso,
que Don Quijote por Dulcinea.
Su amor eran los tres deseos en uno, de un genio,
encerrado siglos, en una lámpara.
Conocerse y volver a nacer,
cambiar tres veces, la órbita romántica de la Luna,
de tanto besarse mirándola.
Unas veces contaban estrellas fugaces,
cantaban con los truenos de las tormentas,
otras, se acariciaban mirando llegar las olas,
sentados como niños , en la orilla de la playa.
Se regalaban piedras de formas escultoras,
de colores pintados con el pincel mas sabio,
el primario y tres mas de la Naturaleza,
coleccionaban caracolas,
se hablaban, callados y de espaldas,
como un brujo y una hechicera.
Dos pares de ojos y un sola mirada.
El deseo de una pareja de gatos callejeros.
Gritos al viento de amores.
Silencios, llenos de palabras.
Eran la barca y sus remos,
siempre, sobre un lago estrellado,
dejando en el agua, la estela
de una espuma brillante,
que parecía una senda encantada.
Eran la suma imposible
de uno mas uno igual a uno,
contra la ley de un álgebra,
rota por tres enmiendas
que solo podían ser mágicas.
Ella levantó el vuelo
sin necesidad de decir adiós,
los dos mirándose
sin una sola lágrima.
Hasta luego, dijo el amante,
hasta luego,dijo la amada.
El acudió al crematorio
con la más serena
de todas las calmas.
No quiso quedarse solo,
su vida era la misma vida de ella.
Recogió los grises rescoldos
en una improvisada urna,
una pequeña caja de madera.
La llevó, siempre en silencio,
a la más alta cima de la montaña
donde tantas veces
y cogidos de la mano,
conpartieron la alborada.
Se desnudó, se untó con aceite el cuerpo,
se cubrió entero, con las cenizas enamoradas,
dió mirando al cielo un salto
con la seguridad de un águila.
No había fuerza en este mundo,
ni en en un mundo de tres mundos,
que los separara

MIGUEL RUBIO ARTIAGA