quinta-feira, 18 de fevereiro de 2016

COMO AGUA VERTIDA EN AGUA






La ensalada es de esos platos que le gusta comer con las manos.

Coger con los dedos, una a una, cada hoja de brotes tiernos, escarola, rúcula, canónigos, albahaca, trozos de pimiento amarillo, rojo y verde, aceitunas negras y moradas.

Evita coger con el tenedor, tan impersonal, un montoncito de hojas anónimas, como si no fueran especiales cada una de ellas en sí mismas, dignas de degustación y de gratitud, cada una en sí misma.

Siente el tacto de cada una de ellas entre las yemas. Y luego en el paladar, su disolución.

Como agua vertida en agua.

Sirve una ensalada multicolor en un plato multicolor.

Cuando adquirió ese plato (y otros) en una tienda de antiguo del Raval, el anfitrión, vestido con chilaba blanca, le dijo que ese plato (y otros) eran de adorno, para las paredes. Y ella dijo: Por qué? No veo productos tóxicos en su superficie. Podría usarlo para comer?

Y él dijo: Sí, pero es demasiado valioso.

Y ella pensó: Lo propio para una ofrenda.




Uno de los platos sí estaba pintado a mano, y el primer día que puso algo caliente en él vio signos de que la pintura tomaba vida propia, como ampollas en su superficie. Y ahora lo usa como plato para la vela redonda, naranja, gigante, que le regalaron en una comida por San Esteban. La misma vela que a veces enciende a la hora de la cena, como un sol en el momento de la puesta o una luna llena al nacer la noche.



Bebe un sorbo de su copa de Altos de Tamarón, un reserva del 2010, apto para su bolsillo.
Mira con gratitud las hojas de albahaca que coronan su plato y arrancó con reverencia de su maceta en el balcón, cuando regaba las plantas nuevas de tomillo fresco y de cilantro. La despensa en su balcón.



Le gusta comer como una ofrenda, como un ritual sagrado, un ritual amoroso.
Si no puede ser así, prefiere dejarlo para luego. No lo necesita.

Como hacer el amor. Si no es una experiencia de despertar, no lo necesita.

Un amigo le dijo, recientemente:

Después de mi separación, no tengo prisa por mantener nuevas relaciones. Lo que he vivido era tan intenso que algo menos me sabría a mortadela.

Ella se rió.

Quizás seas tú quien ha cambiado. Por eso tus últimos juegos ya te sabían a mortadela.

Cuando pierdes el estado de gracia, simplemente la gracia no está.

Y no tiene nada que ver con la otra persona.

Como no tiene nada que ver con la clase de plato que pones en tu mesa.

Cuando está ahí (la gracia), una simple hoja de escarola (de la sección de descartes en el mercado, a 50 céntimos la pieza) puede conducirte al nirvana. Liberada de todos los males. Intocable. Amorosamente ofrecida.

Como agua vertida en el agua de la vida.

Y un minúsculo trozo de pan casero es como la ofrenda de Dios a Dios.

Y un limón cortado por la mitad en tu mesa es como un corazón expuesto, sin miedo.




Si es posible, merece la pena intentar la meditación en cada cosa que haces, a lo largo del día.

No basta con sentarse y cerrar los ojos y permanecer en la quietud.

Eso está bien. Pero también está bien estar presente en todas las demás oportunidades que la vida te ofrece. A lo largo del día, a cada instante.

A la hora de comer. Si no, para qué comer?

En el trayecto al trabajo. Por qué perdérselo?

En cada encuentro. En cada palabra que emites. En cada palabra que escuchas.

Cada instante. Da igual lo que aparezca. Es una oportunidad para disolverse (como agua vertida en agua) y desaparecer.

De amor.

De intenso amor.





Reflexiones de uma estudiante budista