terça-feira, 5 de janeiro de 2016


Silver Coin Purse




"Aquella fiesta me había matado, demasiado alcohol, demasiado baile y con aquellos tacones tan altos. A veces pienso que debería llevarme unas zapatillas para cuando volviera a casa después de salir de marcha. Me ahorraría ampollas y lágrimas. Pero mi pie es grande y no me cabrían en el mini bolso.

Me apoyé en una farola y me descalcé, a pesar de ser invierno no me importaba pasar frio al pisar el asfalto, todo lo contrario, era un alivio poder refrescarme los pies.

Miré dentro del monedero para ver si me había sobrado suficiente dinero para coger un taxi para volver a casa. Pero en ese momento el taxista paró frente a mí y no me lo pensé un segundo, abrí aquella puerta trasera y me senté reposando mis cansados pies sobre la áspera alfombrilla de aquel taxi.

Saludé con un “buenas noches” y le di la dirección de mi casa. El coche se puso en movimiento. El calorcito de la calefacción y el poder descansar mis pies hizo que me relajara en el asiento trasero de aquel taxi pudiendo entonces escuchar la música de fondo que tenía puesta el taxista. No conocía esa canción pero era agradable. Mis ojos antes sin fijar la mirada en nada, se pararon sobre la espalda del taxista. Tenía pinta de ser un hombre de unos 35 años más o menos, fornido, con bastante pelo a pesar de la edad pero con tintes canos. Su perfil de nariz recta y con personalidad me hizo darme cuenta de que podría ser atractivo. Llevaba mucho tiempo sin sexo y se me antojó fantasear con aquel pobre chico, que imagino estaría casado y tan sólo estaría trabajando para sacar su familia adelante.

Al vivir a las afueras pensé que iba a tardar bastante más en llegar a casa y el abrigo me estorbaba por el calor, así que decidí quitármelo.

Me relajé mirando el paisaje sin apenas fijarme ni dónde nos encontrábamos. De pronto me acordé de que no había mirado si tenía dinero y busqué el dichoso monedero en aquel mini bolso.

No podía ser, no lo encontraba, no estaba, saqué todo lo que contenía el bolso y allí no había restos de aquel monedero.

Busqué entonces en los bolsillos del abrigo y tampoco. ¿Dios que iba a hacer?. Pensé que lo mejor era decírselo al taxista".

No! pensé y mejor no decirle nada porque quién sabe cuando se lo dijera paraba el coche y me dejaba allí plantada al frío. Además estaba un calorcito sabroso y me dejé llevar.

De repente el motorista dijó "Señora llegamos a su destino". A tientas busqué mis zapatos y mi abrigo y sin pensar dos veces le dijé que me acompañara a mi apartamento lo invitaba a un café y  le pagaría... 
*

Les cuento que no publiqué la parte final de este relato corto porque la señora Ada Suay escribe para mayores de 30 años y no quiero que les den alguito malo por mi culpa. Así que lo terminé yo a mi manera o sea un poco más soft en palabras y sentimientos.