sexta-feira, 9 de outubro de 2015

VIDA AMOROSA DE VIRGÍNIA WOLF



Recordando la cena a la que había asistido la víspera, principios de 1923, la escritora Virginia Woolf anotaba en su diario: “Resultó una noche brusca y difícil... Ambos nos parecieron tontos sin remedio”. Entre los invitados al evento se encontraban su hermana Vanessa y su marido, el pintor Duncan Grant; su esposo Leonard; el escritor Lytton Strachey; y el matrimonio Nicolson: Vita Sackville-West y su marido Harold. El despiadado comentario de Virginia se refería a ellos.
Los Nicolson eran una de las parejas más controvertidas, exquisitas y cultas de Londres. Ambos eran homosexuales y llevaban un matrimonio abierto. Pero Bloomsbury, el círculo de intelectuales que se desarrolló en torno a Virginia Woolf, no se dejaba impresionar por el esnobismo aristocrático y Vita, que no dominaba el arte de la réplica, se mostró vacilante e insegura. Un comienzo poco prometedor para ella, que admiraba profundamente a Virginia, y estaba deseosa de intimar con la escritora.

El encuentro. La admiración de Vita se desbocó desde el primer momento. “Adoro a Virginia Woolf y tú también la adorarías”, escribió a su padre, el tercer barón de Sackville. “Te rendirías ante su encanto y personalidad. Pocas veces he quedado tan prendada de alguien. La cabeza me da vueltas pensando en ella”. Las anotaciones íntimas de Virginia no fueron tan entusiastas: “No es muy de mi gusto severo: recargada, bigotuda, con los colores de un periquito y toda la soltura de la aristocracia, pero sin el genio del artista”. Aún así, la invitó a Hogarth House, su casa de Richmond.
Su relación de amistad fue creciendo lentamente, con cautela. “Les costó dos años alcanzar cierta intimidad y varios más admitir que se querían”, cuenta Nigel Nicolson, hijo de Vita.

Sin reglas. Lady Mary Victoria Sackville-West, a la que todos llamaban Vita para distinguirla de su madre, contaba entonces 30 años, estaba casada y tenía dos hijos de siete y cinco años. Era una mujer tímida, pero atrevida, y confesa “seguidora de Safo” desde su adolescencia. A pesar de su osadía y su carácter pasional, se sentía intimidada por la escritora, 10 años mayor, y por el círculo de Bloomsbury. Pero ni Harold, un alto funcionario del Ministerio de Exteriores, era tonto, ni tampoco lo era ella. La aristócrata había publicado varios poemarios y novelas, y su fama literaria en la época era mayor que la de Virginia. Hija única de lord Sackville, heredera de una larga y prestigiosa dinastía familiar, Vita se había criado en Knole, una mansión con 500 habitaciones y 50 criados. Había sido una niña reservada, indiferente a los compañeros de juego que su madre, lady Victoria, la más famosa anfi triona de la era eduardiana, invitaba a tomar el té. Escribía poemas, obras de teatro y novelas románticas desde los 14 años. Hablaba con fl uidez francés e italiano. Se convirtió en una joven arrebatadora de abundante melena morena y recibió proposiciones matrimoniales de los herederos más importantes de su generación. Pero ella, siempre indómita, no hizo lo que se esperaba y decidió casarse con un funcionario sin rango y sin un céntimo, Harold Nicolson, un hombre divertido, cómplice y homosexual. Dos años antes de conocer a Virginia, Vita había protagonizado uno de los más sonados escándalos de la clase alta británica: se había fugado a Francia con la aristócrata Violet Trefusis, su amor desde la adolescencia. Trefusis era hija de Alice Keppel, amante ofi cial del rey Eduardo VII. Los maridos de ambas las habían atrapado en un hotel de Amiens.



Amor e intimidad. Virginia Woolf acababa de publicar “El cuarto de Jacob” y estaba escribiendo “La señora Dalloway”, que vería la luz en 1925. Había crecido en una familia numerosa de clase media alta. De adolescente, se encerraba para leer a Homero y Sófocles con ayuda de un diccionario. Su padre, Leslie Stephen, era un reconocido historiador, amigo de Henry James y George Eliot. Su madre, Julia, una de las bellezas de su tiempo, murió cuando Virginia tenía 13 años. La escritora había sufrido depresiones agudas e incluso episodios de enajenación mental desde la infancia, debidas, según uno de sus biógrafos, a los abusos sexuales a los que la habían sometido dos de sus hermanos. En los primeros años de su matrimonio con Leonard Woolf, un respetado intelectual de izquierdas, sufrió una extenuante crisis nerviosa que alternaba el decaimiento con alucinaciones y raptos de violencia hacia su marido. Una dura prueba para la pareja, que decidió no tener hijos. Pero, a pesar de su salud frágil, Virginia era una mujer emprendedora, con facilidad para hacer amigos y un gran sentido del humor. ¿Qué fue lo que atrajo a Virginia de Vita? Quizá el pasado señorial, la tradición de una familia antigua. Virginia, además, conocía bien su trayectoria amorosa y estaba impresionada por su osadía. Ambas compartían la pasión por la literatura y empezaron a mantener una abundante correspondencia. El hijo mayor de Vita, Nigel Nicolson, biógrafo de ambas, afi rma que fueron amantes y que vivieron su relación con libertad. Según él, se acostaron por primera vez en diciembre de 1925. Su amor continuó de modo intermitente, durante tres años, sin perjudicar aparentemente a sus maridos, a pesar de que tanto Harold como Leonard estaban al corriente. Harold, que vivía en el extranjero durante largos periodos, pensaba que aquel mental de su esposa. Virginia no era una mujer sensual, pero, aunque estaba enamorada de su marido, en el que confi aba más que en nadie en el mundo, había confesado 
que le atraía su propio sexo”. De hecho, su relación con Leonard era  casi  Assexuado

Carta de amor. “Qué placer sería poder tener amistad con mujeres: ¡una relación tan secreta y privada comparada con las relaciones con los hombres!”, había escrito en su diario. Quizá buscaba más bien una intimidad espiritual, o quizá sentía curiosidad por sus propias reacciones físicas. Su biógrafo y sobrino Quentin Bell, duda de que la relación entre ellas fuera más allá de unos pocos escarceos. De hecho, Virginia nunca habló abiertamente de ella. Se la contó a su hermana Vanessa, pero le quitó importancia cuando Leonard le confesó su preocupación. Virginia pasaba a menudo un par de noches en Long Barn. Y, a la inversa, Vita iba a Monk’s House, la casa de campo de los Woolf. Si no pensaba quedarse a pasar la noche, se llevaba con ella a sus hijos. “No he recibido carta de ti. ¿Por qué no?”, le escribe Virginia. Y Vita responde: “Me resulta increíble lo esencial que te has convertido para mí, maldita criatura consentida”. A pesar de todo, Vita no renunció nunca a sus amantes femeninas. Y Virginia no sintió celos al principio: sabía que su talento siempre la atraería más que cualquier experimento sexual. En 1927, Virginia publicó “Al faro”, su quinta novela, y obtuvo un gran prestigio. Entonces, mientras daba vueltas a su próximo libro, surgió la fantasía de “Orlando”, la biografía de un ser femenino y masculino a un tiempo. El libro, que la hizo famosa, era una recreación de la vida y los anhelos de Vita Sackville-West y de su grandiosa mansión familiar. En él, Virginia sugería que la naturaleza humana es andrógina y que “una mujer puede ser tan tolerante y franca como un hombre y un hombre tan extraño y sutil como una mujer”. “Era un himno de gratitud a la felicidad que Vita le había dado”, escribe Nigel Nicolson en su biografía sobre Virginia. “La más larga y hermosa carta de amor jamás escrita”. Y Virginia se la ofreció a su amiga como un regalo. El 11 de octubre de 1928, Vita recibió un ejemplar. Quedó subyugada y feliz.



El trágico final. En esta época, Vita y Virginia ya no eran amantes. Pero su amistad empezaba a sufrir el embate de los celos. La escritora no entendía la pasión de Vita por su nueva compañera, la periodista de la BBC Hilda Matheson. No soportó que viajaran juntas a Francia y no pudo evitar los reproches. Seguirían siendo amigas, pero ya no recuperaron la calidez y la intimidad que habían compartido en los años anteriores. Vita dejó de ser la principal destinataria de las confidencias de la escritora. En 1930, Vita compró una nueva mansión que también había pertenecido a sus antepasados, Sissinghurst, en Kent. Allí se retiró, en los años 30 e inició una nueva fase de su vida. Se dedicó a refl exionar sobre la religión, a escribir poesía y, sobre todo, a la jardinería. Virginia visitó tres o cuatro veces Sissinghurst en compañía de Leonard, pero solo en una de ellas se quedó a dormir. La pasión había dado paso a una complicidad tranquila, aunque con altibajos. Virginia lo resumió en una carta: “No puedo negar que en mi corazón arde un rescoldo moribundo por ti”. Se vieron por última vez en Monk’s House, la casa campestre de Virginia, el 17 de febrero de 1941. Virginia había cumplido 59 años. Escribía críticas literarias, el borrador de una nueva novela que quedó inacabada y una historia de la literatura. Aparentemente estaba activa y feliz, pero una nueva crisis depresiva asomaba su negra sombra. El 26 de enero, un día después de su cumpleaños, escribió que se sentía “en un pozo de desesperación”. Empezó a pensar que no valía la pena escribir porque no había lectores en mitad de la destrucción de Europa por culpa de la Guerra Mundial. Oía voces y casi no comía. No se sentía con fuerzas para superar otra crisis nerviosa como la que sufrió al principio de su matrimonio. Y no quería ser una carga. El 28 de marzo caminó hasta la orilla del río Ouse, se metió una gran piedra en el bolsillo y se hundió en las aguas. Al día siguiente, Leonard le escribió a Vita: “No quiero que te enteres por los periódicos de que a Virginia le ha sucedido algo terrible”. Encontraron su cuerpo tres semanas después. “Queridísimo –había escrito a Leonard en su despedida–. Si alguien hubiera podido salvarme, habrías sido tú. Pero no tenía derecho a destrozarte la vida. Juntos hemos sido todo lo felices que pueden ser dos personas”.