segunda-feira, 26 de outubro de 2015

El Leve Pedro


EL LEVE PEDRO
Francesc Puigcarbó 10.25.15



Durante dos meses se acercó a la muerte. El médico refunfuñaba que la enfermedad de Pedro era nueva, que no había manera de tratarse y que él no sabía qué hacer ... Por suerte el enfermo, solito, se fue curando. No había perdido su buen humor, su oronda calma provinciana. Demasiado débil, eso era todo. Pero al levantarse después de varias semanas de convalecencia se sintió sin peso.

-Oye -dijo A su mujer- me siento bien pero no sé, el cuerpo me parece ... ausente.Estoy como si mis envolturas fueran a desprenderse dejándome el alma desnuda.

-Bestieses -le Respondió su mujer.

-Quizá Sí.

Siguió recobrandola. Ya paseaba por caserón, atendía el hambre de las gallinas y los cerdos, dio una mano de pintura verde en la pajarera y hasta se animó a cortar la leña y llevarla en carretilla hasta el almacén.

Según pasaban los días las carnes de Pedro perdían densidad. Algo muy rara le iba minando, socavando, vaciando el cuerpo. Se sentía con una ingravidez portentosa. Era la ingravidez de la chispa, de la burbuja y del globo. Le costaba muy poco saltar limpiamente la reja, trepar las escaleras de cinco en cinco, coger de un salto la manzana más alta.

-Te Has Mejorado tanto -observaba su mujer- que pareces un chico acróbata.

Una mañana Pedro se asustó. Hasta entonces su agilidad le había preocupado, pero todo pasaba como Dios manda. Era extraordinario que, sin proponérselo, convierte la marcha de los humanos en una triunfal carrera a cuestas sobre la quinta. Era extraordinario pero no milagroso. El milagroso apareció aquella mañana.

Muy temprano fue a hacer leña. Caminaba con pasos contenidos porque ya sabía que cuando los aprendidas iría dando saltos por el corral. Se arremangó la camisa, acomodó un tronco, cogió el hacha y asestó el primer golpe. Entonces, rechazado por el impulso de su propio hachazo, Pedro levantó vuelo.

Cogido todavía del hacha, quedó un instante en suspensión levitando allá, a la altura del techo; y luego bajó lentamente, bajó como un tenue hoja de árbol.

Acudió a su mujer cuando Pedro ya había bajado y, con una palidez de muerte, temblaba agarrado a un roll tronco.

-¡Hebe! Casi caigo en el cielo!

-Bestieses. No puede caer el cielo. Nadie cae en el cielo. ¿Qué te ha pasado?

Pedro explicó la cual a su mujer y ésta, sin aparentar sorpresa, le convino:

-Te Pasa por hacerte el acróbata. Ya te lo he prevenido. El día menos pensado te desnucarás en una de tus piruetas.

-No, No! -insistió Pedro-. Ahora es diferente. Resbalé. El cielo es un precipicio, Hebe.

Pedro soltó el tronco a lo anclaba, pero se agarró fuertemente a su mujer. Así abrazados volvieron a la casa.

-Hombre! -le dijo Hebe, que sentía el cuerpo de su marido pegado al suyo como el de un animal extrañamente joven y salvaje, con ansias de huir-. Hombre, déjate de hacer fuerza, que me arrastras! Haces unas zancadas como si quisieras ponerte a volar.

-¿Has Visto, has visto? Algo horrible me está amenazando, Hebe. Un esguince, un pequeño gesto de más y ya empieza la ascensión.

Esta tarde, Pedro, que estaba apoltronado en el patio leyendo las historietas del diario, se rió convulsivamente, y con la propulsión de este motor alegre se fue elevando como un globo, como un bus que se quita las suelas. La risa se transformó en terror y Hebe acudió otra vez a las voces de su marido. Alcanzó a agarrarse los pantalones y lo atrajo a la tierra. Ya no había duda. Hebe le llenó los bolsillos con de plomo y piedras; y estos pesos de momento dieron a su cuerpo la solidez necesaria para tranquejar por la galería y subir por la escalera de su cámara. Lo difícil fue desnudarse. Cuando Hebe le sacó los hierros y el plomo, Pedro, fluctuante sobre las sábanas, se entrelazó con los barrotes de la cama y le advirtió:

-¡Cuidado, Hebe! Vamos a hacerlo poco a poco para que no quiero dormir en el techo.

-Mañana Mismo llamaremos al médico.

-Si Puedo estarme quieto no me pasará nada. Sólo cuando me sacudo me hago aeronauta.

Con mil precauciones pudo acostarse y se sintió seguro.

-¿Tienes Ganas de subir?

-No. Estoy bien.

Se dieron las buenas noches y Hebe apagó la luz.

Al otro día cuando Hebe despegó los ojos vio a Pedro durmiendo como un bendito, con la cara pegada al techo.

Parecía un globo escapado de las manos de un niño.

-¡Pedro, Pedro! -gritó aterrorizada.

A finales Pedro despertó, dolorido por las varias horas que había estado contra el cielo raso. Qué espanto! Trató de saltar al revés, de caer hacia arriba, de subir por debajo.Pero el techo lo succionaba como succionaba el suelo a Hebe.

-Tendrás de atarme de una pierna y amarrarme en la cama hasta que llamar al doctor y vea qué me pasa.

Hebe buscó una cuerda y una escalera, ató un pie a su marido y se puso a tirar con todo el ánimo. El cuerpo adosado al techo se removió como un lento dirigible.

Aterrizaba.

En esto se coló por la puerta una corriente de aire que decantó la leve corporeidad de Pedro y, como una pluma, lo sopló por la ventana abierta. Pasó en un segundo. Hebe dio un grito y la cuerda se le desvaneció, subía por el aire inocente de la mañana, subía suave contoneo como un globo de color fugitivo en un día de fiesta, perdido para siempre, en su viaje al infinito . Se hizo un punto y luego nada.

FIN

(Este texto fue traducido por el traductor automatico del catalã al español)

El leve Pedro
[Conte. Texto completo.]
Enrique Anderson Imbert
ciudadseva.com