quarta-feira, 22 de julho de 2015

Ernest Hemingway





I


Como todas las mañanas, Hadley le preparó el desayuno. Dos huevos fritos, un par de rebanadas de pan con mantequilla y un tazón de leche con achicoria. Hadley se cubría los hombros desnudos con la toquilla negra de lana que le había regalado Gertrude. La mesa de la cocina no era muy grande. Apenas podían desayunar los dos juntos. Hemimgway era poco hablador recién levantado, sobre todo si la noche anterior había abusado del alcohol, que era lo habitual. Claro que también ella, por acompañarlo, abusaba casi todas las noches. A Hemingway la bebida apenas le dejaba huellas, pero a Hadley le redondeaba las caderas y le ponía una nota de color rojo en las mejillas. Hadley había engordado mucho después de haber dado a luz al pequeño Jack, que dormía feliz en la habitación de al lado.
--Tenemos que dejar de beber –dijo ella.
--Deja tú si quieres –contestó Hemingway sin mirarla.
--Por favor, no des voces. Vas a despertar a Bumby.
--Yo no doy voces, maldita sea.
Esa mañana Hemingway se puso el chándal y cogió del armario unos guantes de boxeo que le había regalado su padre cuando volvió de la guerra.
--¿Vas a pelearte con alguien? –le preguntó Hadley.
--Con un tipo que es amigo de Scott. Supongo que será otro niñato de Princeton. No creo que esté a mi altura. En realidad, aún no he conseguido pelear en París con nadie que lo esté. Salvo con ese presumido de Harold, que consiguió aguantarme nueve de los diez asaltos.
Hem soltó los puños al aire, primero el izquierdo, luego el derecho, uno, dos, uno, dos; realizó un par de respiraciones profundas y se golpeó el pecho como un gorila. Después comprobó que llevaba el cuaderno adecuado. También afiló un par de lápices y, sin mirar a su mujer, salió del piso y corrió escaleras abajo. No quiso darse cuenta de que ella le seguía con la mirada y que algunas lágrimas empezaban a brillarle en los ojos.
Hadley sabía que él iba detrás de una chica inglesa que acaba de llegar a París. Pero estaba segura de que a la inglesa sólo le interesaban los hombres ricos y Hem no solía llevar más de diez francos en el bolsillo. Pero siempre sienta muy mal que tu marido se interese por otra mujer. Sobre todo si se trata de una mujer de mundo, más sofisticada que tú, más delgada y mucho más elegante. Pero esa es otra historia.
Hemingway solía escribir por las mañanas en un café que se llamaba La Closerie des Lislas, muy cerca de su casa, pero ese día había quedado con Scott en el de la Rotonde, algo más abajo. Scott le dijo que se pasaría por allí con su amigo sobre las doce, así que Hem pensó que tendría más de dos horas para escribir antes de que llegara. Había que terminar la novela que tenía entre manos desde hacía más de cuatro meses. Se trataba de su primera novela, aunque él afirmara que era la segunda. Hemingway le dijo a todo el mundo que había una novela terminada en la famosa maleta que Hadley perdió en la Gare de Lyon. Pero en realidad nadie se creía semejante patraña. Y mucho menos sus mejores amigos.
El Café de la Rotonde está en la esquina del Boulevard de Raspail con el de Montparnasse. Ya empezaba a haber gente. Hemingway percibió al entrar un aroma de cruasanes calientes. Nadie se extrañó que fuera en chándal, ni siquiera Picasso, que hablaba acaloradamente con su marchante alemán.
--Hola, Hem –dijo el pintor--. ¿Vas a ir esta tarde a casa de Gertrude? Nos ha invitado a una taza de chocolate.
--Allí nos veremos –respondió Hemingway.
--Yo iré con Fernande.
--Y yo con Hadley.
--Alice me ha pedido que le enseñe a preparar los picatostes.
Hemingway se sentó cuatro mesas más a la derecha de donde estaban el pintor y su marchante, muy cerca de una ventana. Cuando se acercó el camarero, un tipo moreno y con unos enormes bigotes, le pidió una copa de calvados. Después abrió el cuaderno y se puso a escribir. No le molestaban los ruidos metálicos que producían las cucharillas al golpear con la porcelana de las tazas. Ni los vasos que entrechocaban unos con otros. Ni tampoco el murmullo incesante de las conversaciones. Hemingway escribía como un poseso, sin mirar a ningún lado. Sin tener en cuenta lo que pasaba a su alrededor, como si no existiera otra cosa que la historia que estaba escribiendo.
Scott Fitzgerald se presentó en el café a las doce en punto. Vestía un traje de verano de un color muy claro, casi blanco. Llegó con un joven de unos veintidós años. Un tipo mucho más delgado que Hemingway, pero de su misma altura. Se llamaba Morley Callaghan y llevaba un traje gris oscuro, bastante arrugado. Con la mano derecha sujetaba una bolsa verde de lona. Hemingway tardó en levantar la vista del cuaderno. Cuando se dignó a mirar, quedó muy sorprendido.
--Joder, Morley, no me digas que eres tú el que va a pelear conmigo.
--Le pedí a Scott que no dijera nada para darte una sorpresa.
--¿Pero qué haces tú en París?
--He venido a pasar unas semanas. Me vuelvo a Canadá a final de mes.
Resulta que los dos púgiles habían coincidido como periodistas en el “Toronto Star”. Callaghan era como unos cinco años más joven que Hemingway, pero siempre habían sido buenos amigos. Así que se quedaron charlando como una media hora más en el café. Después salieron los tres para el gimnasio, uno que había en la plaza de Saint Germain y donde conocían de sobra a Hemingway. Los tres amigos andaban muy despacio, como si ninguno tuviera ganas de empezar la pelea que habían concertado.


II


El verano acababa de entrar y ya se notaba algo de calor en París. Por el camino, Hemingway y su amigo Morley siguieron dándole vuelta a los recuerdos de cuando se dedicaban al periodismo. Scott sonreía y escuchaba en silencio.
--Oye, Morley, ¿cuando has aprendido a boxear? Estás seguro de que quieres cruzar los guantes conmigo.

--En Toronto me dieron unas clases de boxeo. ¿No te importará que hagamos un poco de ejercicio? Creo que nos vendrá bien a los dos. ¿No te parece, Hem?
--Como tú quieras, amigo.
El gimnasio olía a una mezcla de sudor, cuero y linimento. El ring lo tenían reservado para la una en punto. Era la hora perfecta porque la gente se iba a comer y no volvía hasta mucho más tarde.
Los dos púgiles pasaron a los vestuarios y se vistieron con la ropa adecuada para la pelea. Morley se puso un pantalón corto de seda roja y una camiseta sin mangas del mismo color. Hemingway se quedó con el pantalón del chandal y el torso completamente desnudo. Parecía uno de esos osos pardos de los cuentos de Faulkner.
Después de realizar unos cuantos ejercicios de calentamiento, ambos le pidieron a Scott que se encargara de contar los asaltos y cronometrar su duración.
--Scott, no se te olvide de que la pelea es a diez asaltos y cada asalto ha de durar tres minutos exactos. Ni un segundo más ni un segundo menos. Aunque no creo que lleguemos hasta el final –le dijo Hemingway, guiñándole un ojo.
--De acuerdo, Hem, no te preocupes.
Todo ocurrió más rápido de lo previsto. Hemingway era un tipo fuerte y tenía los brazos muy largos, y estaba claro que pegaba como una mula, pero también era lento de cintura y sus movimientos denotaban demasiada rigidez en sus articulaciones. Callaghan, no era tan fuerte, ni su pegada tan terrorífica, pero al ser más delgado que su rival, se movía por el cuadrilátero como una ardilla.
Hemingway no lograba colocar ninguno de su golpes. Y su respiración se hacía cada vez más fatigada. En realidad se le notaba mucho más cansado que a Callaghan, que se movía y giraba por la pista con la soltura de un bailarín de ballet clásico.
Lo terrible fue que a Fitzgerald, quien no se perdía detalle de lo que ocurría en el ring, se le olvidó mirar el cronómetro, permitiendo que el asalto siguiera su curso más allá del tiempo reglamentario. Hemingway ya no podía con su alma. Apenas le quedaba aire en los pulmones. La bebida tenía sin duda mucha culpa de su mala forma. Así que Callaghan, dándose cuenta de las dificultades de su oponente, empezó a castigarle los costados. Hemingway, al principio, encajaba los golpes con mucha solvencia, pero pronto empezó a resentirse y al final no pudo con un terrible derechazo que Callaghan le propinó en la mandíbula, cayendo en la lona todo lo grande que era. Hemingway estaba noqueado.
Cuando Fitzgerald advirtió que había cometido un error al no mirar a tiempo el cronómetro, prolongando más de un minuto aquel primer asalto, en vez de callarse, fue a disculparse con Hemingway, que empezaba a salir de su atontamiento en los vestuarios.
--Lo has hecho a propósito, maricón de mierda –le soltó a bocajarro, mientras se aplicaba una bolsa de hielo en el pómulo izquierdo.
--Te juro Hem que ha sido un despiste sin ninguna intención de perjudicarte. ¿Es que no vas a perdonarme?
La palabra perdón jamás tuvo cabida en el vocabulario de Hemingway, que abandonó el gimnasio sin cruzar palabra con sus dos amigos. Lo cierto es que iba completamente abatido y soltando espuma por la boca, como un perro herido y rabioso. Incluso a Callaghan, que lo creía no sólo cómplice sino instigador de la maniobra, no volvió a saludarlo en todo el verano, como si los buenos tiempos del periódico se hubieran diluido en el aire. Curiosamente, ningún amigo de Hemingway se atrevió a comentar aquel combate delante de él. Si bien sonrieron al saber quién había sido el ganador. Incluso Hadley no encontró la manera de entristecerse.


FIN

Antonio Civantos.
http://antoniocivantos.blogspot.pt/