quinta-feira, 18 de junho de 2015

Cruzando el Puente del Alma


“CRUZANDO EL PUENTE DEL ALMA” –Pequeño relato.

(A Mari Trini)



"En mi opinión, uno de los mejores homenajes que se pueden realizar para alabar a una artista no es otra que profundizar en nuestras vivencias para destacar la huella o el legado que su obra dejó en nuestras vidas.

Por este motivo, compartiré con vosotros cómo comprendí el verdadero significado del poema “Destino…Llegar a ti amando” y la experiencia que me facilitó a cruzar “El puente del alma”.

Fue en un viaje improvisado que realicé a Paris, por motivos de trabajo. Eran unas jornadas de Eurocontrol donde se debatía la competencia lingüística de los Controladores de la Circulación Aérea. Yo asistí en representación de la Dirección de Recursos humanos de Navegación Aérea. Las jornadas se celebraron martes, miércoles y jueves. Por ello, me premié a mi mismo y reservé el viernes y el sábado para conocer a solas Paris. Sinceramente, creo que me lo merecía pues en aquella etapa solo vivía para trabajar con horarios interminables. Estos hechos sucedieron aproximadamente tres años antes de que Mari Trini muriese.

No existe mejor forma de conocer una ciudad que adentrase en ella, caminando sin prisas. Por ello, salí del hotel que estaba situado cerca de la plaza de la Concorde, con unos cascos y un reproductor de CD donde podía escuchar, a la par que caminaba, toda la discografía de Mari Trini. Súbitamente me llegó un aroma inconfundible a cruasanes recién hechos (seguramente es el olor más característico de Paris a las nueve de la mañana) y caí en la tentación de probarlos. Guiarse en esta ciudad no es nada difícil si tomamos como referencia y coordenadas la torre Eiffel y los puentes del Sena. Era un día perfecto en cuanto a tiempo. La temperatura suave. El otoño había inaugurado su presencia, y, aunque amenazan algunas nubes, el tono dorado y ocre de su de su luz iluminaba las calles, los monumentos y las esquinas de Paris con máxima belleza. Enseguida me enamoró la ciudad, su historia, su elegancia, sus gentes, su bohemia, sus terrazas y su diseño….. Sentí, como he sentido en pocas ocasiones, que ese lugar me pertenecía, porque encajaba perfectamente con mis valores de libertad, enardecimiento de la belleza, convivencia y el respecto por el arte. ¡Una ciudad sin grandes rascacielos, pero con plagada de historia y poesía!... Inconscientemente con este periplo estaba buscando la huella de Mari Trini en ese entorno. Pretendía entender mucho mejor dónde y cómo puedo engendrarse su vocación artística.

Recuerdo que después de impresionarme al contemplar de cerca la esfinge metálica de la torre Eiffel, me senté en el césped de un sendero próximo a la misma. En ese momento, rodeado de turistas japoneses, escuchaba “Cuando me acaricias” y empezó a llover. Lo que os estoy narrando fluye directamente desde mi cerebro más emocional por este motivo, no acierto a darle un contenido racional, ni justificarlo suficientemente con palabras. Mientras atendía la voz grave y tierna de Mari Trini, cantando “cuando la lluvia cae se funde el hielo y cuando me acaricias se quema el fuego”, sentía paz, serenidad y una sensación de plenitud contenida que electrificó toda mi piel. Cerré los ojos, respiré profundamente para escuchar tan solo los latidos de mi corazón y apreté fuertemente mis manos. El tiempo se detuvo en esos momentos y mi aliento se congeló.

Al volver abrir los ojos, asocié aquella imagen casi de acuarela de un Paris gris y lluvioso, por una tormenta inesperada, con su atmósfera solitaria, romántica y melancólica, al entorno de muchas de las canciones de Mari Trini y al retablo introvertido de su mundo interior. Sin pretenderlo, por fin estaba encontrando su huella. Una turba de dudas existencialistas invadió mis propias sienes, porque no podía comprender lo que me intentaban revelar esos sentimientos.

Al regresar al hotel, tuve que cruzar el Puente del Alma. Era tan fuerte, intenso y vehemente el impacto emocional vivido que no podía seguir caminando y me quedé mirando fijamente las aguas del Sena mientras me perdía en el infinito. Sentía cierto temor por cruzar ese puente, porque no deseaba abandonar la exaltación del momento que acaba de vivir. Era como si transitar hacia el otro lado del río me obligase a convertir en pasado lo que solo quería que permaneciese en el presente.

Una mujer de mediana edad se dirigió a mí en inglés. Al comprobar que era español, se alegró porque ella había nacido en Pamplona. Me comentó que era profesora de literatura y que todos los años tenía la necesidad de acudir a Paris. Era una mujer muy receptiva, intuitiva e inteligente. Observó que llevaba una libreta con anotaciones y me preguntó si escribía. Intuyó mi estado de ánimo, y, para empatizar conmigo, me habló de los poetas malditos franceses y del probable impacto que sobre su creación había tenido contemplar el Sena. Recuerdo que hizo referencia a Paul Celán, poeta alemán de origen judío romano, considerado como uno de los más relevantes de la lengua alemana, que en 1979 se suicidó arrojándose al Sena. Compartí con ella lo que había sentido momentos previos y que estaba buscando la huella de otra poeta en las calles de Paris. Asimismo, le confesé que me había quedado paralizado y no me atrevía a cruzar ese puente, donde también murió Lady Di. ´La mujer me tranquilizó, me sonrió y me dijo- ¿sabes lo que te sucede?- Guardé silencio- “Pues que has vivido un momento de desbordante felicidad, pero te has dado cuenta que no tenías a nadie a tu lado para compartirlo”. “Sin duda alguna, tu vida necesita una cambio, porque aún no te has encontrado a ti mismo” “Si como dices, esa poeta ama tanto el amor, no pierdas el tiempo buscando su huella”. “Atrévete a amar y la encontrarás”. ”Todo lo que has vivido, ese estallido emocional está dentro de ti, y permanecerá en ti para siempre, inseparable a tu alma, como las notas musicales componen una canción”. Le agradecía sus palabras y crucé con ella el Puente del Alma. Antes de despedirse, me recomendó una entrañable librería Parisina donde podría encontrar libros editados en varias lenguas de distintos poetas franceses.

Al día siguiente visité la catedral de Notre Dame, la avenida de los campos Eliseos, el Louvre y el Barrio Latino. Me llamó la atención la aparición de tanto artista espontáneo. Un pintor vendía en las aceras un retrato de Jacques Brel, reflexionando y tomando una cerveza en la barra de un bar. Asimismo, en la librería indicada por mi asesora turística, (un templo de confort, sabiduría y legado de las letras, con olor a tinta impresa) le compré a Mari Trini la edición de un libro artesanal, hecho a mano, con una antología de los mejores versos de Verlaine, que lamentablemente ya no puede entregarle por su enfermedad.


Antes de regresar a Madrid, sentí la necesidad de volver al Puente del Alma para despedirme del Sena. Esta vez fue sin melancolía, angustia o tristeza, porque algo en mi ya había empezado a cambiar.

Años después he comprendido que quien se atreve a cruzar el Puente del Alma, une su pasado con lo mejor de su presente, se aproxima al área espiritual y abandona las limitaciones de realidad terrena. Contacta con lo mejor de si mismo y con el aurea de los demás, pierde todos sus temores y se acerca a las personas que quiso, aunque ya no estén presentes.

Como señalaba Verlaine en sus versos:

Sueño a menudo el sueño sencillo y penetrante

de una mujer poeta que adoro y que me adora,

que, siendo igual, es siempre distinta a cada hora

y que las huellas sigue de mi existencia errante.

Como el de las estatuas es su mirar de suave

y tienen los acordes de su voz, lenta y grave,

el eco de las voces queridas que se fueron..."

A Mari Trini. (“Tu alma voló, se alzó hacia la eternidad, pero tu amor nos lo dejaste para siempre en la tierra”).

Manuel Casquero Durán

Mary Trini